Estos son los esbozos nacidos de un urgente llamado a la reflexión. Ella debe ser tanto profunda como expeditiva y pragmática; me rehúso a ser un mero testigo de mi propia historia:
Yo creí en Néstor Kirchner. El día que lo vi bajar el cuadro de Videla
cientos de gritos de felicidad sofocaron mi garganta y un impulso vital me
sucumbió. Néstor significó el fin de una era y el comienzo de un nuevo
paradigma sobre cómo queremos que nuestro país sea.
La caravana de juicios a asesinos y represores era una delicia de
justicia; cada uno que pasaba era una ventana que se abría para respirar un
aire nuevo. Pero los años pasaron, y ese espíritu implacable de Néstor comenzó
a teñirse de una penumbra cargada de agenda de poder. Y creo que fue esa
penumbra lo que lo llevó a su temprano final. Y ese aire nuevo que con ansias
devorábamos a bocanadas hoy apesta a violencia, tanto discursiva como efectiva.
Rememoro una entrevista hecha al filósofo RicardoForster en el programa 6-7-8 en septiembre de 2010, fundador participativo del
espacio Carta Abierta (Desconozco por quien fue escrita la bajada que comienza con "Los putos Montoneros...". Esa no es mi opinión y es en todo caso una tergiversación torpe y mal intencionada del pensamiento del filósofo) . En ella, Forster cita un articulo de Luis Alberto
Romero, “El Gobierno decidió reescribir el Nunca Más” escrito en el diario Clarín.
Éste advierte, en muy resumidas cuentas, sobre cómo el Gobierno politizó la
causa de Madres de Plaza de Mayo. Forster se sirve de la columna de Romero para
advertir con pesada preocupación la escalada violencia discursiva e ideológica. “El
Gobierno ha politizado la causa de todos. Algunos de los símbolos de los
Derechos Humanos han caído en el lodo de la política facciosa. Lo que era un
valor establecido, ahora es una opinión, discutible y vulnerable”. Dos años
pasaron de esta nota, y la situación no ha hecho otra cosa que acentuarse.
La sociedad argentina está fragmentada en posturas radicales y
estáticas, y cualquier aproximación de análisis a la retórica de sus enunciados
se la interpreta como un ataque. Si la historia tiene un comportamiento cíclico,
no me atrevo siquiera a imaginar lo que puede estar por venir. De esa misma
manera, conservo aun la esperanza de que a pesar de todo, las lágrimas del
pasado hayan grabado en nuestra piel valores que nunca más se volverán a
violar. Pero cuando escucho rumores acerca de reformar la constitución o de
reelección indefinida, mis sentidos democráticos se disparan de temor.
Hoy tengo miedo de un futuro cíclico.